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Fallecimiento y entierro de Mons. Enrique Imprimir

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El Señor se llevó a Mons. Enrique cuando faltaba diez minutos para las tres de la tarde. Era jueves, 19 de Julio. 

La agonía se había prolongado por más de veinticuatro horas. No cabían más personas en la  pequeña habitación y en el despacho: el obispo, Mons. Isidro, y el obispo auxiliar, varios sacerdotes, su hermana Remei, Franciscana Misionera de María, y otras religiosas de distintas congregaciones; y médicos y enfermeras del Centro Médico “Santa Teresa”, que él había fundado. Otros aguardaban, en el jardín y en la calle, a poder entrar un rato para besarlo en la frente y retirarse conmovidos. Durante este tiempo rezamos muchos rosarios, cantamos muchas veces la Salve en latín o en castellano y la canción que él mismo había compuesto: “Salve, Virgen de la Piedad” o el himno a la Virgen de Cocharcas, patrona de la diócesis. Le decíamos al oído, en voz alta, jaculatorias que él acostumbraba a recitar: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum; Domine, ut videam; Cor Iesu sacratíssimum et nisericors; Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus, parte de las Preces, y otras muchas.) Se leía a ratos la recomendación del alma, se le administró -por tercera vez en un mes- la Unción  de los enfermos; varias veces recibió la absolución y otras tantas, la bendición papal para la indulgencia plenaria.  (Él había dicho que, desde que era estudiante de teología, hizo propósito de ofrecer por  las almas del purgatorio todas las indulgencias que pudiera ganar. Que esperaba que ellas le ayudarían a recibir la indulgencia plenaria a la hora de la muerte). Realmente, no era difícil ver en su cara el rostro de Cristo en la cruz.

Tan pronto expiró, rezamos el responso, y una vez lavado y revestido con los ornamentos episcopales, lo depositamos en el ataúd de caoba y, a hombros de seminaristas y con las oraciones rituales, fue trasladado a la Catedral, donde se instaló la capilla ardiente y se celebró la primera misa  de sufragio. Misas, Liturgia de las Horas y rosario se sucedieron durante los dos días que velamos sus restos mortales. La catedral, siempre llena. Una fila interminable pasaba besando el cristal del ataúd abierto. Diversos grupos uniformados – de colegios o instituciones- se turnaban  haciendo guardia a sus costados.

Las muestras de condolencia –por fax, teléfono, e-mail- llegaban sin cesar, del país y de varias partes del mundo. Tenía tantos amigos, tanta gente agradecida...

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El sábado 21, aniversario treinta y nueve de su toma de posesión como obispo de Abancay, tuvo lugar la solemne misa de exequias. Eran las tres de la tarde. Presidía el arzobispo metropolitano de Cuzco, Mons. Juan Antonio Ugarte,  y concelebraban  ocho obispos (el  de Abancay, Mons. Isidro Sala, el de Chiclayo, Mons. Jesús Moliné; el de Camaná, Mons. Mario Busquets; el de Huancavelica, Mons. Isidro Barrio; el obispo prelado de Yauyos Cañete, Mons. Ricardo García; el auxiliar de Ayacucho, Mons. Gabino Miranda;  el auxiliar de Abancay, Mons. Gilberto Gómez); Mons. José Luis López-Jurado, Vicario Regional del Opus Dei y Mons. Ivo Ricotta, Vicario General de la Prelatura de Chuquibambilla y unos sesenta sacerdotes (todos los de la diócesis y algunos más).

Llamaba la atención esa corona de jóvenes presbíteros, fruto de su oración y de su desvelo pastoral, formados en el seminario que él fundó en tiempos difíciles, estimulado por el consejo y la oración de san Josemaría Escrivá.

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Cientos de personas seguían la ceremonia desde el exterior de la catedral, por falta de espacio.

Se celebró con piedad y rigor litúrgico (aunque sin poder disimular los sollozos); se cantó, con acompañamiento de órgano, la misa  gregoriana de requiem, y otras melodías en quechua y castellano. 

Monseñor Isidro leyó una vibrante homilía en que hizo una breve semblanza de la vida del obispo emérito y destacó la fe, el amor y el ardor pastoral de este instrumento bueno y fiel, y su relación con San Josemaría, Fundador del Opus Dei, a quien tuvo por amigo y Padre.

Acabada la Eucaristía,  Mons. José Luis López-Jurado, Vicario Regional del Opus Dei, se acercó al ambón y, después de recordar que la Obra es una pequeña familia muy unida, dio lectura a la emotiva carta de pésame del Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría.  Eran las palabras de un Padre ante la partida del hijo primogénito. Efectivamente, don Enrique fue el primer sacerdote de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que vivió y murió con extraordinaria fidelidad.

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Cantado el responso Libera me, Domine, tuvo lugar – a petición del pueblo- la procesión con los restos mortales por las calles de la ciudad, por donde él, siguiendo las huellas del Buen Pastor, “pasó haciendo el bien”.  Las banderas estaban a media hasta y doblaban melancólicas las campanas. La muchedumbre alternaba el rezo del santo rosario con canciones y aplausos. Mucho arrojaban pétalos de rosas al paso del féretro, portado por sacerdotes que se alternaban con seminaristas y miembros de diversas instituciones.

Finalmente, ingresó en la catedral para ser sepultado en el ala sur del templo. Múltiples coronas y arreglos florales cubrían las paredes. Después de los cantos y preces finales, comenzó el desfile silencioso de los fieles ante el sepulcro; un reguero de plegarias que no ha hecho más que comenzar.  

 
 
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