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Un arquitecto de las almas Imprimir

MONS. ENRIQUE PELACH Y FELIU

 

Respetables conciudadanos. Llaqta masiykuna, wayqe panaykuna:

No era arquitecto pero dirigió la construcción de templos memorables, No era abanquino pero amó a esta tierra como si fuese su propia Gerona. No engendró  hijos pero gestó  tantos sentimientos filiales en los corazones apurimeños.

Se volvió en visitante de España, su país natal; y en residente de Abancay, su nueva cuna hasta el final. Era un hombre llenó de bondad. Dios habitaría en su espíritu. Cristo sostendría su entrega al semejante. La Virgen velaría para que siembre el bien por los caminos de la fe. 

Debo hacer u a confesión. Yo llegué de Huanipaca a Abancay por los años setenta para ejercer mi colegiatura miguelgrauina. Había ido a varias misas, como cristiano y como alumno del curso de religión. Pero quien más me impactó con sus homilías fue, precisamente, el obispo Enrique. Era para mí, una maravilla escucharlo, dirigiéndose a los seguidores del bautizado en Jordán. Hablaba para disfrutarlo todo el tiempo. Te miraba como para no perderlo de vista un instante. Tenía una voz argéntea que susurraba dulcemente a los oídos. Cada palabra, cada frase, estaban tejidas como suave algodón qué pasaba por el cuerpo lentamente al alma como vivificante aceite divino. Manejaba en el arte del maestro inmenso que llega con agrado y convicción al discípulo más sencillo. Y  me iba de la Catedral a mi cuarto de estudiante, como si me hubiera bañado en agua pura de manante nuevo; me iba corriendo como el cordero suelto de su corral gris a la verde pradera de la vida. ¡Si eso era Enrique de Abancay, cómo sería Jesús de Nazaret!       

No todos los hombres cosechan  el respeto y el cariño de todos los hombres. En el caso del Monseñor Enrique, nadie  dudaba en  respetarlo y en quererlo, Como no vas a querer y respetar a quien entrega su existencia al servicio sin descanso. Le apenó la situación paupérrima de los golpeados por el paso del tiempo y construyó el Asilo de Ancianos   para aliviarles el transito inevitable. Le dolió el dolor dolorante de los doloridos, y construyó el Centro Médico Santa Teresita para calmarles el sufrimiento corporal y devolverles la sonrisa espiritual. Le preocuparon los hombres de poca fe, y construyo su tan amado Seminario Nuestra Señora de Cocharcas para multiplicar las vocaciones y fertilizar los terrenos pedregosos y espinosos (¡cuántos sacerdotes formados aquí!). No soportó el hambre de tantos niños desamparados, e hizo que a sus estómagos llegara el sustento vital. Vio que muchas mujeres necesitaban generar sus recursos, y les abrió las puertas de la ocupación productiva. Sintió que las autoridades solas no podían satisfacer todas las necesidades poblacionales y no dudó en apoyarlas, más allá de los resultados electorales. ¡Un arquitecto de las almas!  

A quienes  vivieron para servir, edifiquemos el templo de la gratitud en nuestros corazones. Enrique Pélach y Feliú es un admirable benefactor de nuestro pueblo al que amó tanto, que su deseo último fue dejar sus huesos en su suelo. ¡Excesiva generosidad de un verdadero siervo del Señor! ¿Cómo devolver tantos favores los abanquinos y apurimeños a este  extraordinario hombre lleno de bondad? Una calle con su nombre, puede ser (ya existe una). Un monumento que perennice su imagen, también podría ser. Aunque él trabajó en silencio activo sin buscar figuraciones, es justa que su vida y su obra sean conocidas por las generaciones presentes y venideras, para que iluminen nuestros actos en el esfuerzo, en la perseverancia, en el perdón y en la construcción de un mundo con amor. Pidamos respetuosamente, ciudadanamente, cristianamente,  agradecidamente, al Gobierno Regional y al  Gobierno Municipal que se comprometan a publicar esa fructífera vida y esa maravillosa obra de Monseñor Enrique en un libro respetable, y lo podamos leer todos los apurimeños y no apurimeños, en señal de que no somos desagradecidos con los que nos enseñaron a trabajar por los demás sin previo pago ni póstumo oportunismo. Cuántas facetas habrá que no conocemos, de este gran hombre que vivió 89 años y que casi medió siglo lo ofrendó a nuestra tierra. El Monseñor Gilberto Gómez es hombre de letras, y creemos poder contar con él en la construcción de ese libro enriquiano que deben editarlo Región y Municipio en nombre de nuestro pueblo. 

Monseñor Enrique: Hoy que te damos el último abrazo, no nos dejes sin darnos tu bendición. Hoy que lloramos tu partida danos la alegría de tu compañía en el tiempo de vida que nos queda. Hoy que te vas sin nosotros, habiendo cumplido tu estancia terrenal, sepáranos para "tus paisanos" un pedacito del paraíso celestial. Allí esperamos alcanzarte cuando el Altísimo así lo disponga. Gracias de todo corazón, amigo, inolvidable, hermano incomparable y padre admirable: Enrique Pélach y Feliú. 

Gracias amigos. Nos reencontramos en Ágora Magna. Se despide:

Hermógenes Rojas  Sullca. Abancay, 21 de julio 2007. ­ 

 
 
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