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Camino a San Fernando Imprimir

Excursión de los seminaristas, noviembre 2007

P. Dario Dueñas S.
Rector del Seminario Mayor.

Dicen que los viajes amplían el horizonte y eliminan los prejuicios. Esto mismo puedo afirmar después del paseo que hice junto con los seminaristas del Seminario mayor de Abancay al río Pasaje y San Fernando, del 31 de octubre al 03 de noviembre de este año. 

Había oído hablar muy bien de estos lugares: Ríos profundos, hermosos valles, cumbres nevadas,… como dice la canción  “Mi Perú”; pero también, como pude comprobarlo, arduos a la hora de atravesarlos. Con grandes deseos de conocer estos territorios nos propusimos ir caminando desde el distrito de Huancarama. El paseo fue sacrificado pero grato. Yo lo vi de esta manera:

 
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El día 31 de octubre por la tarde nos encontrábamos en el estadio de Huancarama, preparados para jugar dos partidos de fútbol. Cómo íbamos a olvidarnos del fútbol, si es –como alguien dijo- lo más importante de las cosas menos importantes; habíamos programado jugar con el equipo del colegio secundario y con el equipo “El Dorado” de Huancarama. Es así que ilusionados nos preparamos física y mentalmente para estos encuentros, como parte adicional de la excursión.

Empezó el primer partido: el equipo B del seminario, contra el equipo del colegio. Fue un partido parejo, la barra brava, compuesta por los compañeros que no jugaban, animaba desde la tribuna. El resultado, en mi opinión, fue justo; un empate, con un gol a favor de cada equipo.El segundo partido jugamos el equipo A del seminario y “El Dorado”. El juego resultó ser interesante, por la buena actuación en la cancha de parte de los seminaristas, y el resultado; 2 - 1,  a favor del seminario. Contentos con el resultado positivo nos retiramos a descansar temprano, porque al día siguiente nos esperaba una larga caminata…

 

El día jueves 1º de noviembre por la tarde nos encontrábamos  en el pueblo de Huascatay  a unos 3400 msnm, el atardecer era precioso, hacía buen tiempo, y el paisaje alrededor, junto con las gentes del lugar, pintaban un cuadro encantador, que en la ciudad  no se puede conseguir fácilmente. Las viviendas de los pobladores,  esparcidas  en un rellano  de la montaña, en frente se podía observar  un cerro imponente  que hacía de pizarrín; por medio del pueblo, no hace mucho, había  bajado un alud de barro y piedras, llevándose consigo la vida de ocho personas y que ahora sólo formaba parte del paisaje del lugar. Al  levantar la vista hacia el norte, allá al fondo, se podía divisar  la cadena de montañas  de la cordillera de los Andes, que plateaba al atardecer, al recibir los rayos del sol. Ya se aproximaba la noche  y las gentes  volvían a sus hogares  trayendo los animales de vuelta para guardarlos: validos de ovejas, mugidos de toros, algunas risas de los niños,…etc. Un ambiente agradable para cualquier persona que sale de la ciudad. Mientras me fijaba en estos sucesos, pensaba lo bien que se puede estar unos días en el campo. Pues, ese día había caminado cerca de nueve horas, desde Huancarama a paso lento, pero que al ser muchas horas, el cansancio se hacía sentir. Muy pronto anocheció y nos dispusimos a celebrar la Santa Misa de Solemnidad de Todos los Santos, fue una ceremonia fuera de lo común en aquel pueblo: cinco con-celebrantes, ocho bautismos y dos confirmaciones. A falta de padrinos, algunos  sacerdotes y  seminaristas asumimos la responsabilidad de ser padrinos.

Después de la ceremonia nos vino muy bien un buen plato de Chicharrones para cenar, preparado por los familiares de Edwin Torres, Seminarista, que a pesar de la hora, no nos importó comernos a gusto, porque estaba exquisito.  A los familiares de Edwin les estamos muy agradecidos por la cálida y amable atención que nos han brindado. Pronto nos retiramos a descansar, aún sin sospechar lo que nos esperaba recorrer al día siguiente, algunos hasta pensábamos que ya habíamos recorrido la mitad de la excursión.

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El 2 de noviembre, día de los Fieles difuntos, muy temprano comenzamos nuestra travesía; el objetivo era llegar a San Fernando, pasando por el Río Pasaje. Apenas habíamos subido un poco desde Huascatay, nos encontrábamos en un punto  desde donde es posible divisar nuestro destino. El sobrecogedor panorama nos presentaba una amplia vista: podíamos ver el Río abajo, como un hilo serpenteante en la profundidad; podíamos ver San Fernando, con las casas esparcidas, al frente. Así que con optimismo emprendimos la bajada hacia el río, el paisaje siempre hermoso, pero no así el calor, que a medida que bajábamos  se tornaba cada vez más sofocante y en ocasiones insoportable. El calor nos empezó a agobiar y a exigirnos a beber más agua; en estas circunstancias lo único que uno ansía es llegar cuanto antes al río para darse un chapuzón. Pues, desde la cima podíamos ver el río, hasta podíamos oír el fragor, pero no había cuándo llegar, la bajada se hacía interminable; es así que cada cual empezó a correr cuesta abajo, según sus fuerzas,  agobiados por la sed y el calor.Ya en el río mientras los demás se refrescaban  en el agua, entre bromas, risas y griteríos, miré para arriba el trayecto  que habíamos recorrido  y el otro tramo que faltaba caminar, me sentí un ser diminuto en medio de inmensas montañas  y a orillas de un río  caudaloso. El río está a 1000 msnm. Me sentí también víctima  de un calor abrasador  y un cansancio que ya pedía descanso. Quedaban lejos los días tranquilos del seminario  y el clima agradable de Abancay. Había que esperar a que el calor disminuya un poco para proseguir el camino. Rodeado de todas estas circunstancias continuamos el camino para llegar a San Fernando. Un camino árido con poca sombra y siempre cuesta arriba, con mucho esfuerzo pudimos llegar ya al anochecer, pero al llegar nos sentimos héroes de haber logrado el propósito. Sus habitantes, gente amable y cariñosa,  nos dieron una cálida y amable bienvenida, nos obsequiaron algunos presentes, frutas y productos de lugar; dicho gesto nos llamó mucho la atención y quedamos muy agradecidos.

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