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Antilla 2007 |
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Mons. Gilberto Gómez Gonzales.
Se trata de la zona geográfica más accidentada de la diócesis, la peor comunicada. Profundos valles, desfiladeros y senderos de montañas que van de los tres mil a los cuatro mil quinientos metros sobre el nivel del mar. La distancia entre los pueblos oscila entre las tres y las ocho horas de caballo o a pie. Y siempre se termina descendiendo en zig-zag a un caserío pobrísimo al borde de un riachuelo que baja bullicioso entre pedregales, donde es posible pescar pequeñas truchas y, desde luego, lavarse y lavar la ropa sudada del camino, para dejarla tendida a secar sobre los matorrales...
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Comenzamos la misión el 14 de Septiembre, cuando cumplí 32 años de sacerdote. Después de celebrar misa y almorzar en Curahuasi, hicimos dos horas en coche hasta una hondonada llamada “Ccollo”. El equipo misionero estaba formado por el joven párroco, P. Wilber, los profesores Julio y Jorge, y yo.
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A CHUNA
En Ccollo nos esperaban dos lugareños con caballos y mulas de carga y de silla. Mientras aparejaban, yo emprendí el camino a pie. Iba solo y caminaba animoso por la vertiente derecha del desfiladero. Me coloqué unos auriculares. Vestía un chándall y me apoyaba en una ligera estaca. El camino ascendía por la pared y el precipicio se agigantaba. Ya no se oía el rumor del río, cada vez más profundo.
A las dos horas de caminata, me asaltó el pensamiento de que podría haberme perdido. Tal vez mis compañeros habrían enfilado la vertiente opuesta. Sería una tragedia. Imposible pasar al otro lado sin retroceder al punto de partida. Yo aceleré el paso para desembocar en algún lugar poblado antes de que se hiciera de noche. Pero sentí unos pasos que corrían a mi espalda. Era Julio Acosta que se había propuesto alcanzarme. El frío del atardecer en la garganta le valió quedarse sin voz por dos días.
A las tres horas de camino, llegamos a Chuna, no sin antes atravesar el río por un puente curioso: los troncos de tres árboles derribados sobre el cauce. Se activó mi vértigo y lo pasé de rodillas, a cuatro patas. En la ligera pendiente que se inició después del río se hizo de noche. Julio tuvo que hacerme de lazarillo, pues yo, sin recuperarme del vértigo, perdía el equilibrio con facilidad. Pero enseguida llegamos y nos salió al encuentro un grupo de pobladores con linternas. Algunas mujeres echaban flores sobre mi cabeza.
El poblado era minúsculo. Cuando llegó el resto de la expedición, nos ofrecieron la cena: una pequeña trucha con arroz y el infaltable “mote”-granos de maíz cocido- y una infusión de hierbabuena. Y en una aula de la escuela tendimos nuestros sacos de dormir sobre unas colchonetas.
El día 15, sábado, día de la Virgen de los Dolores, en la pequeña capilla, humilde como el establo de Belén, realizamos nuestro trabajo misionero: confesiones y la celebración de la Eucaristía, que incluía bautismos, confirmaciones, matrimonios y primeras comuniones. Al lugar donde nos encontrábamos acudían de varias comunidades más o menos cercanas (de una a tres horas de camino).Antes de la Misa, durante las confesiones, Jorge y Julio daban charlas, dirigían el rosario, ensayaban cantos con la guitarra y entretenían a los fieles con dinámicas. El mismo ceremonial se repitió en cada comunidad. Sobre las diez se comenzaban las confesiones, sobre la una, la Misa. A partir de las tres se terminaba bendiciendo a todos y los múltiples baldes de agua bendita y cuadros que portaban.
De esta manera, las comidas eran dos: un desayuno cerca de media mañana y un almuerzo a media tarde.
Al atardecer, disfrutábamos del bucólico paisaje, donde personas y animales sueltos convivían en pequeño espacio: caballos y vacas, ovejas y cabras, gallinas y patos, cerdos y los infaltables perros. La niños ponen siempre la nota más simpática. En esas horas, caminábamos, rezábamos, hacíamos fotos...
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A HUANIMA
Dormimos la segunda noche, desayunamos otra trucha con arroz y nos aprestamos a salir para Huanima. Mientras el P. Wilber y Jorge aguardaban los caballos y mulas, Julio y yo nos adelantamos a pie, provistos de sendas botellas de agua ... El sendero discurría por la vertiente opuesta a la del día anterior y en dirección contraria, de manera que se podía divisar aquel solitario paraje de la víspera, sin casas. Hoy sí encontramos una casa a medio camino. Un matrimonio vivía allí. Le preguntamos si íbamos bien y nos ofrecieron a un mate y llenaron de agua nuestras botellas de plástico.
El camino era tendido, sin demasiados accidentes. Al llegar al abra, el punto más alto, nos hicimos unas fotos junto a una cruz plantada en el vértice del cerro. Casi nunca falta esa cruz en este país. En la foto que me hizo Julio sale un gavilán en vuelo.Huanima es un poblado un poco mayor que Chuna. Está al lado de un río bullicioso que baja de las alturas de Hualaza. Numerosas personas lavaban ropa en el río y la tendían en las piedras o arbustos. Nosotros hicimos lo mismo. Los caballos habían salido tarde. Nos cruzamos con ellos. Por ello, nuestros compañeros llegaron a las cinco de la tarde, sin haber almorzado. A nosotros, después de descansar tumbados al sol, nos sirvieron unas recién pescadas truchas con arroz.
Por la noche nos reunimos en el templo –piso de tierra, techo de paja- donde, en vez de bancos, había viejos pupitres de escuela. Entre las imágenes de escaso arte popular -siempre vestidas y casi siempre con sombrero del país y bufanda-, no falta nunca una se Santiago matamoros. La única iluminación procede de las pequeñas velas de sebo o de nuestras linternas. En ese ambiente rezamos el rosario y celebramos la Eucaristía, después de haber administrado el sacramento de la Penitencia. La maestra –Nancy-y el maestro-Ricardo- cuidaron de nuestro hospedaje. El profesor nos cedió para las dos noches su cama y su pequeña habitación, casi una choza, donde nos acomodamos los cuatro. El buen catequista hizo matar un cordero, y no nos faltó alimento.
Al día siguiente, lunes, hubo bautismos, confirmaciones, bodas y primeras comuniones. Como dato curioso, de cuando en cuando, un corderillo negro pasaba balando por debajo del altar.
Los feligreses no dejaron de celebrarlo a su manera. Durante toda la noche siguiente oíamos la música y las grabadoras a pilas.
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A CCOLLPA
En un descuido de Julio Acosta –que seguía agripado-, me escapé delante. El catequista del lugar me acompañó la primera subida, para salir del pueblo e indicarme la senda correcta hacia CCollpa. Mientras me abrazaba, llorando, para despedirme, vimos cómo el caballo que montaba Jorge había trastabillado y se había ido al barranco con su jinete -que llevaba a cuestas la guitarra. La caída fue de unos doce o quince metros. Lo curioso es que el caballo, en cuanto se levantó, se puso a pastar. Los que estaban acerca socorrieron a Jorge y le vendaron la mano izquierda. Se había fracturado el dedo meñique y tenía varios hematomas y las piernas rasguñadas. Fue un milagro que no pasase más.
Seguí adelantándome a todos por el camino que ascendía lentamente por la orilla del río. Había árboles y el paraje era ameno. A las dos horas me encontraba ante un paisaje verdaderamente apocalíptico: en un potrero donde pacían muchos caballos al pie de un gigantesco pico montañoso. ¿Por qué lado continuaría mi camino? Volví a sentirme aterrado por la inmensa soledad del altiplano. No había rastro de persona humana y me costaba reconocer que los potros no hablan, ..¿Y si me había desviado al adelantarme? Retrocedí, a mi pesar, hasta una altura y comprobé con alivio que mi comitiva se acercaba por el fondo del valle. Hasta descubrí una cabaña. Dos mujeres- madre e hija- hicieron callar a los perros y me invitaron a pasar y tomar algo.Entretanto llegaron los míos y comenzamos la ascensión por el flanco derecho del pico. Fue arduo. Insistían los peones en que subiera al caballo. No me atreví. Subí penosamente durante una hora, mientras mascaba unos granos de “mote”(maíz cocido).
En la cima nos hicimos fotos y comimos unas costillas de cordero y bebimos agua y un sorbo de anís. Eran las doce y rezamos el “Ángelus”. Estábamos por encima de los cuatro mil metros. El paisaje era impresionante. Iniciamos un descenso por la cara opuesta de la montaña en el que invertimos otras tres horas. A medida que nos acercábamos a Ccollpa, la bajada era más vertical. La grava del camino nos hacía resbalar. El P. Wilber, Julio y yo nos caímos varias veces. Mi estaca no me sostenía.Al poco rato veo que los feligreses venían a nuestro encuentro portando un arco enguirnaldado.
Me di prisa en ponerme la sotana, el fajín y el bonete. Pero no cambié mis zapatillas deportivas ni abandoné mi rústico cayado, pues me eran imprescindibles para mantenerme en pie. No sé qué dirán las fotos que me tomaron... La gente me abrazaba y derramaban flores y confite en mi cabeza. Los niños me decían uno a uno: “Ave, María purísima”. Y bajando, bajando la cuesta, que parecía no acabar nunca, llegamos al templo. Entré para saludar a los reunidos. Después nos llevaron a la posta médica (el dispensario médico). El enfermero y la obstetra nos llevaron a unas habitaciones. Me duché con una manguera y los catequistas nos llevaron a cenar. Y, como todas las noches, nos fuimos al templo para confesar, rezar el rosario y celebrar la misa. Llamaba la atención la soltura y el desparpajo de los niños. Realmente, no suele encontrarse eso en todas partes.
Antes de acostarme, pude hablar con el obispo de Abancay por radioteléfono. Estaban preocupados porque un medio de prensa había recibido noticia de que yo había sufrido un accidente de caballo.
Dormí bien en mi saco de dormir tendido sobre la cama del médico ausente. A las seis de la mañana, ya el director de la escuela tocaba en mi ventana para invitarnos a desayunar. Había también otro desayuno, pero yo sólo acepté el primero. Era encomiable la labor de aquellos profesores. Los niños hicieron para mí una actuación: poesías, canciones, adivinanzas... Les dirigí unas palabras de elogio y nos fuimos todos al templo, de donde no salimos hasta las tres de la tarde. Después de almorzar, nos dirigimos a Progreso-Larata.
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A PROGRESO-LARATA
Nos prometieron un camino de dos horas en bajada, y ello se parecía a la realidad..., después de haber subido. En la cumbre, volví a perder de vista a mis compañeros, que no llegaban. Lo pasé mal. No sabía por dónde seguir. Dos peones nos acompañaban con los caballos, como siempre. Pero uno era mudo y el otro estaba ebrio. A una mula se le desniveló la carga y se marchó veinte metros monte abajo. No eran buenos presagios para mí....
Se me unieron los demás. El P. Wilber me dijo que nos esperaba una pendiente muy peligrosa y que se iba a hacer de noche.
Me largué delante a todo correr. El borracho –don Sabino- me siguió para que no perdiera por los múltiples senderos. Pero tuvo que regresar a las mulas y lo sustituyó Julio. Efectivamente las últimas pendientes de bajada eran torturantes. Ni mis zapatillas ni mi bastón me sujetaban. De nuevo Julio, con toda su humanidad, me sirvió de lazarillo. Una delgada luna en cuarto creciente nos alumbraba débilmente, más que la linterna, para que no parásemos en el precipicio.
El médico y el gobernador de la comunidad nos salieron al encuentro.
Era buena gente el Dr. Carlos, limeño él, que llevaba tres meses en el puesto y le faltaban otros nueve. Flaco y con una breve perilla, se alegraba de nuestra visita, Compartió conmigo y con el P. Wilber su habitación, después de habernos ofrecido a los cuatro un café y una copa en una animada tertulia. La luz era autónoma, de baterías, y alumbraba como para revelar fotografías...
A la mañana siguiente, mientras rezaba mi breviario en la pampa, delante de la posta, no podía dejar de mirar con recelo el barranco de la víspera. Pero enseguida llegó una simpática maestra con sus niños y unas mamás que traían un desayuno para nosotros. Habían hecho un camino de más de dos horas. Ese día sí acepté el segundo desayuno para no desairarlos.
En la capilla del lugar, había dos sorprendentes imágenes coloniales: el busto de un nazareno tallado en madera y la Virgen de la Natividad. También había unos haces de columnas barrocas talladas. Se ve que habían pertenecido a la rica capilla de la antigua hacienda de Larata. De un árbol pendía una noble campana. En cambio, la capilla era pobrísima y llena de pupitres, donde el catequista del lugar daba la charla a los que se iban a casar. Me quedé sólo en la capillita para confesar. Después celebramos la Misa y los sacramentos al aire libre, en el campo de fútbol. Usamos unos altavoces con batería. Como siempre, terminamos más para cenar que para almorzar. El médico, que había apadrinado a varios niños, tuvo que hacerlo en varias casas. Lo acompañé a una de ellas, pero tomé sólo un mate. Había que descansar para afrontar el reto final: ocho horas de camino.
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A ANTILLA
Los buenos peones y los caballos estaban listos desde el día anterior. Cargamos y nos despedimos, especialmente de Carlos, el joven médico, que nos siguió con la mirada hasta que desaparecimos en las alturas. Esta vez me decidí a montar. La postura a horcajadas me produce gran dolor en las piernas. Aguanté como pude durante una interminable hora y veinte minutos. Todo un récord. Tuve que recurrir al vía crucis –era viernes- para completar el tiempo de sufrimiento. Mi mula gris era paciente y delicada. Pero, en cuanto cumplí mi tiempo, pedí que me sacaran de la montura para continuar a pie. Y es que yo era incapaz de cualquier movimiento debido al dolor. Pero tan pronto sentí mis pies en tierra firme, comencé la ascensión a los más de cuatro mil metros de altura. Me llevó hora y media. Los demás seguían a caballo, menos el profesor Julio que, una vez más, no me dejó ir solo.
Después de coronar la cumbre, comenzó una bajada tendida y fácil hacia Antilla, que es el centro de la comarca. Nos esperaban en Ccapacca con un almuerzo en la casa comunal. Saludamos a los vecinos congregados. Había muchos niños jugando.
Desde Trigoorcco (Cerro del trigo) -hora y media después de Ccapacca- ya se divisa Antilla como en vista aérea. Marcos, el buen catequista había organizado un buen recibimiento con músicos y arcos. Estaba todo el pueblo. Entramos también en la iglesita para dirigirles unas palabras.
Nos acompañó el catequista hasta la casa de su madre, donde me pidió una bendición para una nueva construcción de adobe y para la chacra, que presentaba síntomas de hundimiento.
La bajada a Antilla era pendiente, pero no peligrosa. Nos esperaron en la plaza, ante la nueva iglesia construida en material noble. Aunque se hacía de noche y no había luz eléctrica, les dirigí unas palabras en el templo y nos dirigimos al hospedaje y a su rústica ducha de agua fría.
Mucho trabajo por hacer al día siguiente: cuatro horas de confesión, santa misa con bautismos y confirmaciones, etc.
Pero, al final, el profesor Willy y su hijo con el carro de la parroquia nos esperaban para regresar a Curahuasi. Se nos hizo de noche en el camino y no pudimos ver los excelentes nevados de la cordillera del Salcantay. Después que rezamos el rosario, un grupo de personas se atravesaron en la carretera con linternas. Eran varios hombres borrachos y dos mujeres. Querían que llevásemos a una señora que estaba a punto de dar a luz. Pero ¿dónde? Íbamos seis personas y mucho equipaje. A duras penas conseguimos convencerles de que avisaríamos a la ambulancia, que, en efecto, fue a buscarla.
Puede que en la próxima visita a estos pueblos de Antilla ya exista una carretera. Es lo más probable. En todo caso, no me importaría volver a recorrer estos caminos. Todos estamos satisfechos de la misión y de cómo Santa María de los Caminos, nuestro Ángel de la guarda y nuestros particulares intercesores nos han cuidado.
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