A los pocos meses de ser creada la Prelatura Nullíus de Yauyos, en 1957, fue uno de los cinco sacerdotes pioneros que llegaron al Perú para iniciar allí la labor misionera junto al primer prelado, Mons. Ignacio de Orbegozo.
Desde 1957 hasta 2004, ha trabajado incansablemente en el Perú, primero en Yauyos, y desde 1968, como obispo de Abancay hasta el 1 de diciembre de 1992.
En una entrevista concedida a “El Apurimeño”, en agosto de 2006 dijo, recordando aquel año de 1968: “La situación de Abancay era de mucha pobreza: Había 10 médicos en todo el departamento: 3 en Andahuaylas y 7 en Abancay. Analfabetismo, 62% en hombres y 80% en mujeres”. En otro pasaje de la entrevista recuerda: “Se comenzaron a hacer obras sociales: el Asilo de ancianos, hogares para estudiantes, la Academia Seminario, Santa Teresa, arreglar iglesias, casas parroquiales, conventos para religiosas, dos seminarios, postas médicas, noviciados, casas de retiros y docenas y docenas de obras de toda clase”.
La obra más importante de su labor episcopal ha sido la creación del Seminario Mayor “Nuestra Señora de Cocharcas” y el Seminario Menor “San Francisco Solano”. Al respecto, cuenta lo siguiente: “Para mí ha sido un constante vivir una gran alegría. Alegría que encuentro al ordenar sacerdotes. Y a la vuelta de los años, mucha más alegría al ver que teníamos abundantes sacerdotes para la diócesis y para otras diócesis”.
Mons. Enrique actualmente vive en el Obispado de Abancay. Se mueve poco, camina en su habitación, va al oratorio y baja las gradas al comedor. Físicamente se mueve poco, pero se dedica a la lectura, dialoga con los sacerdotes, está enterado de todo lo que pasa en Abancay y en el mundo. Sin lugar a dudas, Mons. Enrique se mueve tanto como los jóvenes: contagia alegría y constancia; ofrece serenidad y entusiasmo, y por encima de todo es hombre de oración.
Tiene el cabello cano, sus manos están arrugadas, tiene los oídos lejanos, y sus pasos son cada vez más torpes. Todo ello es producto de su amor a la diócesis. Nos ha amado tanto hasta hacerse un abanquino más; ¡y qué abanquino!
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