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P. Jaime Vicente Torres Cáceres
Hola todos y todas:
Yo, otra vez, para contar lo ultimo que sucedió en mi Parroquia. Resulta que en una gira pastoral, nos vino a acompañar Paúl, norteamericano, ingeniero químico. Durante un año, hace labor social en cuatro pueblos, construyendo baños públicos.
Efectivamente, el primero de julio nos fuimos a concretar los proyectos: Ccallo-ccallo, Chuna, Hualaza y Huanima. Viajamos desde Curahuasi, dos horas a carro, y luego al primer pueblo, tan sólo en tres. Cuando dejamos el carro, pedimos a unos vecinos del lugar que nos lo cuidaran.
Nos esperaban ya los caballos y soñamos que al poco tiempo ya estaríamos disfrutando de la cabalgata. Paúl se alista a subir a su caballo y yo al mío. Y sucede que cuando ya tenía yo un pie sobre la silla del caballo, veo caerse a Paúl debajo del suyo. Intento sacar el pie para ayudarle. Mi caballo gira bruscamente, yo sigo con pie arriba y pierdo el equilibrio. Como es lógico, caí como trapo, menos mal que era un cerco con un poco de espinos. No pasó de ser más que un susto, aunque yo quedé tirado en el cerco con los pies arriba…, levantarme por mi mismo me habría costado mucho tiempo. Vino Pancho, otro compañero nuestro, a darme una mano… Cuando nos repusimos y vimos que no nos había pasado nada grave, empezamos a reírnos. Cada vez que recordamos el hecho, seguimos riendo. Sin todavía subir a los caballos ya estábamos sufriendo caídas.
Bueno, el camino al primer pueblo es de tres horas. Cuando llegamos allá, nos esperaban los pobladores muy contentos con el proyecto mencionado. Nos acogieron muy bien.
Esa misma tarde bajamos a Chuna. La gente nos había esperado la tarde entera, pero como demoramos, ya se habían ido. Pasamos la noche allí, y Paúl que es campeón en supervivencia, tenía que poner en prueba sus cualidades… Todo perfecto, excepto las ratas (que en estos pueblos son plagas) deseosas de darnos la bienvenida, a base de besos y contarnos cosas al oído. Lo curioso era que las ratas se las tomaron contra el “Gringo”, seguramente porque su color y su olor son distintos.
Al siguiente día nos levantamos temprano. El pueblito está oculto entre los cerros y el sol tarda en mostrar su cara. Había mucha helada. Mientras yo rezaba, Paúl y Pancho se fueron a ubicar el lugar para poner el pozo del agua potable. Este pueblo no tiene este servicio básico y hay que hacerles uno.
Hacia las 11 a.m., después de celebrar la Santa Misa, partimos hacia Hualaza. Hay que subir un cerro muy grande. En el camino, Paúl me decía: “me dijiste que había que subir montañas, pero no pensé que sería así”. Efectivamente, es impresionante, pues hay que subir muy, pero muy arriba, hasta 4500 metros y luego bajar y bajar. Hacia las 2.30 pm ya nos esperaban los moradores de Hualaza. Hicimos algunos acuerdos para proyectos de desarrollo y se quedaron felices.
Otra vez, Paúl y Pancho se adelantaron al último pueblo. Yo me quedé para celebrarles la Santa Misa, además era Domingo…
Cuando llegué a Huanima, ya habían conversado con la gente. Todo estaba yendo perfectamente. Hacia las 5.20 pm iniciamos el retorno, eran varias horas de viaje a pie y luego en carro hasta Curahuasi… Menos mal que la luna se puso de nuestra parte y nos mostraba el camino. La verdad es que a las 6 pm ya era de noche. Corríamos cuesta abajo. Se veía el camino pero no las piedras. Tropezamos más de una vez. Durante el trayecto pasamos junto a un abismo profundo que de caernos no sobreviviríamos. En caso de caída, había que intentar caerse hacia el lado del cerro… El río que nos acompaña, se cruza muchas veces por puentecitos rústicos, pero había un tramo en que no había puente, pues se le ocurrió al río llavárselo. “Caballeros no más”, teníamos que quitarnos los zapatos… El agua venía heladísima. Es lógico que sea así, no se le puede pedir al que baja de la puna, que venga atemperada. Una vez en la otra orilla, yo no sentía mis pies, totalmente entumecidos... Como recuerdo, nos tomamos algunas fotos.
Todavía tardamos dos horas para alcanzar el carro. Allí nos cambiamos los polos, totalmente empapados de sudor. Y desde allí hasta Curahuasi, hicimos dos horas y media.
Lo importante no son las minucias que les cuento, sino el espíritu que nos acompañaba. Son dificultades que se llevan con alegría, sabiendo que vamos a servir a las personas, llevándoles la Palabra de Dios, con ayudas materiales. Mons. Enrique Pélach decía que nunca había visto almas solas, sino almas con cuerpo que comer y cuerpo que vestir. Nuestros pueblos de los Andes del Perú están, en su gran mayoría, faltos de los servicios básicos: Agua, luz, desagüe, postas médicas, etc. Hay que ayudarles a salir de la postración y a mirar el futuro con optimismo.
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